Han pasado unos cuantos meses desde que no aparezco por aquí.
Abril, mayo y junio son meses que se me atragantan desde hace seis años, siempre pasa algo que me pone un poco la vida al revés; no es una montaña rusa donde se van sucediendo las cosas buenas con las menos malas, es mi particular noria, en marzo ya empiezo a pensar en ¿y este año qué?
Pues a este año además se ha sumado un último trimestre de curso de locura, picos de mucho trabajo, con alguno de querer mandar a la jefa literalmente à la merde (ayer mismo soñé que lo hacía).
En fin, voy tachando los días para que lleguen las vacaciones, para descansar, para leer, para organizar.
En estos meses de poca lectura, me dejé enseñar Valencia, descubrí Cuenca, celebré en Madrid, estuve en un par de presentaciones de libros, visité Burgos, disfruté del Cantábrico desde el golfo de Bizkaia hasta el cabo Peñas, fuí a un concierto, me reencontré con amigas, hablé mucho, nos reímos y lloré algo, lo único para lo que no encontré momento fue para compartir lecturas, porque todo lo que escribía me exponía demasiado y no tenía fuerzas ni ganas de hacerlo.
Por eso vuelvo a finales de julio, cuando las vacaciones se acercan, y aunque agotada, he encontrado ese tiempo para sentarme frente al teclado.