Mi mudanza de norte a norte

Soy feliz por estar de vuelta. 

Ser inmigrante aunque sea dentro de la Unión Europea, aunque sea de forma privilegiada para continuar realizando un trabajo vocacional ha habido muchas veces que se ha hecho duro por como somos o por todo lo que ha pasado en estos años, por sufrir en la lejanía, por sentirnos solos en momentos en los que necesitas estar acompañado.

Cada vez que regresaba, fuese cual fuese el motivo y aún desconociéndolo, me encontraba con personas que sobreentendían que nos habíamos ido en unas condiciones propias de expatriado y no de emigrante (¡qué importante hablar con propiedad!), que éramos unos privilegiados y que al parecer habíamos perdido el derecho a quejarnos, más allá de la falta de luz o del largo invierno danés; de ahí quizás mi empeño es desmontar el mito danés.

Si nosotros hubiésemos sido expatriados, todo hubiese sido mucho más fácil. No habría perdido tiempo discutiendo con nuestro casero por intentar aprovecharse del desconocimiento de la normativa, ni empaquetando cada cosa a la que no estaba dispuesta a renunciar y dejar en tierras vikingas, ni hubiese tomado consciencia del peso de los libros (sólo lo era del espacio que ocupaban), ni me habría disgustado por tener que dejar mis sillas de comedor, ni habría tenido que mover cajas de 30 kilos, ni estar pendiente de actualizar el seguimiento de los paquetes por miedo a que no llegasen, ni preocuparme por la casa que podríamos encontrar... Ni le hubiese dado tantas vueltas a tener que volver a empezar.


El tiempo ha pasado demasiado rápido. 

En julio abandonábamos la que había sido durante más de tres años nuestra segunda casa en Dinamarca, cerca de la ciudad pero en mitad de bosques y lagos; ahora, con la perspectiva que sólo da el tiempo, sé que no estaba lo suficientemente cerca y que no me equivocaba cuando decía que yo soy esencialmente urbanita y que ni siquiera todos los maravillosos atardeceres de los que pude disfrutar me compensaban.

Pasamos el último no verano danés en el centro de Copenhague, en el barrio de Vesterbro gracias a mi jubi, mi ángel danés, disfrutando la vida loca de la ciudad; de repente teníamos un montón de opciones para cenar a un paso de casa y sin arruinarte mucho, podíamos salir a dar una vuelta y encontrar gente (aunque fuese menos de la que te encuentras en España por la calle), podíamos decidir donde tomar un café a cualquier hora. 

Fue cuestión de días, de semanas; mientras llenábamos cajas y alquilábamos un trastero para los muebles mientras vivimos por primera vez en el centro, llegó la confirmación de que volvíamos, así que nos dimos a la vida urbanita de Copenhague casi como si no fuésemos a volver, lo que es totalmente incierto porque ya estamos deseando hacerlo.

Supongo que si aquello se hubiese quedado en una acto de generosidad inmensa mientras buscábamos nueva casa vikinga podría haber llegado a ser traumático pero empezamos a mandar cajas, regalamos la mayoría de muebles porque no había tiempo para más, y supimos que atravesaríamos Europa de norte a sur como "los zíngaros del desierto". Nos planteamos... bueno, no, mentira, yo sola me enfrasqué (porque él es más de no darle vueltas a lo que ya ha pasado) pensando si el fallo para la no completa integración había sido vivir en lo bucólico, si había sido el país o había sido yo.


De los atardeceres en el lago
Los mensajes en el movil se fueron sucediendo:  Willkommen in Deutschland, Welkom in Holland, Bienvenue en Belgique, Bienvenue en France hasta que llego el SMS de "Bienvenido a España", y pegados al Cantábrico llegamos a nuestro paraíso astur sin mucho tiempo para pensar en descansar.

Hace justo dos meses nos vinimos en busca de nuestra casa, fueron unos días un poco eternos, pero esto ya lo contaré otro día, y hace un mes y medio nos trasladamos, de nuevo como "los zíngaros del desierto" con la intención de sentirnos en casa lo antes posible gracias a varias travesías cantábricas propias y de amigos.


Photo by Erwan Hesry on Unsplash
No creo mucho en las casualidades pero cuando nos mudamos al apartamento del centro quizás fuesen meras coincidencias, no podía dejar de pensar en llaves, en abrir puertas nuevas... (Sí, la verdad es que entre darle vueltas a las cosas y escribir listas, se me va la vida, que le vamos a hacer).

Yo siempre había soñado con vivir en Frederiksberg, durante la primera noche cultural que vivimos en Copenhague recuerdo que, de un stand de esa nueva línea de metro que aún sigue en obras, me llevé un llavero con el nombre de la estación, había un montón, pero oye, yo si podía elegir donde vivir lo tenía claro.

Gracias a la generosidad pudimos avisar al casero que dejábamos la casa antes de finalizar el contrato aún sin saber si llegaría la confirmación de que volvíamos y con el  vértigo que daba pensar en tener que buscar alojamiento en Copenhague (porque de la amistad no se puede uno nunca aprovechar); justo en ese momento se nos rompió el llavero que los dos habíamos estrenado en nuestra primera casa al llegar a Dinamarca.
Espere a mudarme, Fredriksberg era la calle de atrás, para utilizar aquel llavero; una señal, coincidencia, casualidad de esas que pasan a veces. 
Compré para nosotros para cuando supiésemos donde estaríamos en otoño unos llaveros que había visto un día en la tienda de HAY con unos amigos a los que hacía de guía (¡¡qué hubiera sido de mi sin todas las visitas de estos años!!), y el círculo se cerró.



No sé que habría sido de nosotros si no hubiese surgido la posibilidad de volver, si no hubiésemos contado con la generosidad de mi ángel de la guarda danés, sin unos amigos con los que compartir miedos y risas, baos y flæskesteg, si nos hubiesen faltado las fuerzas para mover más de cuatro años vikingos y las ganas de volver a empezar.

Pero así, de esta manera, en cuatro meses, fue como hicimos una mudanza de norte a norte.


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