El momento es ahora

Cuando en la comida del domingo en casa de tus padres alguien dice que al hijo de los vecinos su empresa le ha enviado a trabajar fuera, él es un expatriado, y seguramente lo habrá hecho con unas condiciones económicas que en buena parte intentarán compensar el alejamiento de su país, su ciudad, su casa, y probablemente mantendrá esta condición sólo de forma temporal.

Cuando te cuenten de aquel compañero de instituto, que después de varios años acumulando experiencia y mejorando su curriculum, ha terminado por vivir en otro país, él es un emigrante, probablemente las condiciones económicas le compensen sólo en parte los kilómetros de distancia pero seguir dedicándose al trabajo que un día eligió forma también parte de esa compensación. La diferencia entre él y la persona que ves limpiar los cristales en el piso de enfrente después de dejar la comida lista podrían ser básicamente seguir trabajando en lo que uno quiere y mantener unas condiciones laborales más que dignas.

Cuando te llegan las imágenes que captan la mirada pérdida de un desconocido intentando pedir alimento para su familia en mitad de un campo de tiendas de campaña, o te enseñan a un grupo que rodeando un fuego para intentar entrar en calor, cuando te hablan de las personas que se amontonan en barcos a la deriva en ese limbo geográfico salino en el que se ha convertido el Mediterráneo, cuando sobre la arena de la playa se queda el cadáver de un niño que ni siquiera sobrevivió a esa última parte de la travesía que le traería a Europa, todos ellos son refugiados, personas que no tuvieron otra opción que la de salir huyendo empujados por una guerra. Éstos se han quedado sin pasado, sobreviven en el presente y quizás hayan perdido la esperanza en el futuro. 


Aunque las ONGs no se cansen de repetirnos que Europa necesita urgentemente tomar decisiones, que los campos de refugiados en las fronteras balcánicas e islas griegas llevan tiempo saturados, que las condiciones en las que están viviendo miles de personas hace tiempo que dejaron siquiera de rozar lo humanamente soportable, cuando nos hablan que con la llegada del frío la situación no ha hecho más que empeorar, que se necesita actuar ahora y que no hay burocracia que justifique que les estemos dejando morir, yo me pregunto que es lo que necesitamos para ponernos en marcha. 

Datos:
  • Entrando en el sexto año de conflicto en Siria, según datos de ACNUR, son más de 4,8 millones de personas las que abandonaron sus casas y ha intentando buscar refugio en los países vecinos (más de la mitad viven en campos de Líbano y Jordania) o intentando llegar al continente europeo.
  • La misma agencia de la ONU estima que son más de 6 millones los desplazados dentro del propio país, lo que tampoco les garantiza mantener a salvo su vida ni hacerlo en buenas condiciones.
  • El año pasado se volvió a batir por segundo año consecutivo el récord de crisis migratoria desde la Segunda Guerra Mundial, fueron más de 3500 las personas que perdieron la vida en su travesía por el Mediterráneo.
  • Durante el 2016, la Europol determinó que se había perdido la pista de más de 10.000 niños refugiados, algo así como uno cada hora. Niños que habían llegado solos a territorio comunitario y que probablemente además de sufrir las terribles consecuencias de la guerra podrían haber caído en manos de organizaciones criminales.

No puedo estar más de acuerdo con lo que se dice al final de esta fantástica versión de Mediterráneo, "en unos años nos preguntaremos por qué no hicimos nada para evitarlo. El momento es ahora."  





Espero que el Mare Nostrum algún día deje de ser un cementerio de los que huyen de la barbarie y también de la vergüenza que ya deberíamos sentir por habernos hecho inmunes al sufrimiento ajeno. 


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