Cuando llegamos a Oslo y salimos a callejear una de las primeras cosas que nos llamó la atención era la cantidad de españoles con los que nos ibamos cruzando. A mi que me cuesta bien poco fabricarme mis propias teorías, rápidamente se me ocurrió que tal fenómeno podía deberse a alguna de las siguientes dos causas: una, Norwegian había sacado muy buenas ofertas para intentar compensar el gran número de nórdicos que vuelan al sur ávidos por deshacerse de capas de ropa; o dos, que ahora que las temperaturas habían pasado a ser razonablemente tolerables, esos sufridores padres de Erasmus se habían acercado a visitar a sus polluelos, eso sí, abrigados para poder embarcarse en cualquier barco destino a un campamento polar (Nota: cuando te fijas en estos detalles de cómo van vestidos los turistas españoles es cuando te das cuenta del significativo avance en tu adaptación al Norte porque tú ya llevas menos capas y cuando ellos te oyen hablar español ves en sus caras la expresión de “pobrecilla se ha líado al hacer la maleta y no se ha traído más abrigo, ésta vuelve con pulmonía!!”, y claro, no es cuestión de explicarle a los desconocidos que para ti la primevera llega cuando nos vamos acercando a los 10 grados).
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